La degradación histórica en Latinoamérica

Los seres humanos hemos venido evolucionando de forma que cada vez ocupamos un área mayor del planeta con nuestras actividades, no solo porque necesitemos espacios para vivir o para producir nuestros alimentos, sino porque nuestros modelos de desarrollo económico e industrial nos mueven a la conquista de nuevos espacios ya sea dejar en claro nuestro poder político o la soberanía de nuestras naciones, para realizar sistemas de producción de energía, para la búsqueda de diversos minerales o simplemente porque la tierra es un bien económico de mercado de gran relevancia, que constituye una opción para acumular riqueza.

 

Cuando revisamos la historia del continente americano, encontramos que desde antes de la colonia existieron grandes civilizaciones, con importantes niveles de desarrollo, grandes ciudades y obras de infraestructura, que requirieron de importantes espacios para la producción agrícola.  Algunas de esas ciudades y espacios productivos entraron en decadencia hace cientos de años y los bosques volvieron a ocuparlos, como importantes áreas vinculadas a la cultura Maya en Mesoamérica, donde hoy encontramos evidencias de esa historia, no solo por los importantes mega monumentos arqueológicos ya descubiertos o aun enterrados bajo la vegetación, sino también por la composición actual de sus antiguos bosques, rica en árboles de tipo heliófitos durables.  Otros espacios agrícolas y urbanos precolombinos, sin embargo, se han mantenido e incluso evolucionaron hasta ciudades modernas como la actual ciudad de México.

 

Vemos entonces como a lo largo de la historia de nuestro continente se han dado procesos de cambio, en unas ocasiones porque los seres humanos han cambiado o eliminado ecosistemas naturales para el desarrollo de sus actividades, en otras ocasiones por que esas actividades son abandonadas y se abren espacios para procesos naturales de regeneración.  Es una historia de degradación y restauración.

 

El proceso de colonización generado por la llegada de los españoles al nuevo mundo tuvo varias motivaciones, como los intereses monárquicos que clamaban por sumar grandes territorios a su dominio, crear nuevas rutas comerciales, identificar y tomar control de yacimientos de minerales, encontrar nuevos productos de interés como especias, alimentos o medicinas.  La colonización impuso modelos políticos y religiosos afines a los intereses de los gobiernos monárquicos colonizadores y fomentó la competencia entre los líderes militares de las misiones de conquista por validar su liderazgo sobre nuevas áreas, fundando para ello ciudades y promoviendo la formación de nuevos asentamientos de colonos.

 

A partir del proceso de colonización en Latinoamérica y a lo largo de la historia posterior, se han generado diversas políticas de fomento a la extensión de los asentamientos humanos y el desarrollo, principalmente de actividades agropecuarias pero también de minería. Muchas de esas políticas se han mantenido por décadas y evolucionado hasta nuestros días.  Se constituyó además una cultura aún prevaleciente donde el cambio de uso del suelo de ecosistemas naturales hacia sistemas agrícolas y pecuarios es entendido como sinónimo de progreso.

 

En todos los países Latinoamericanos han existido políticas y leyes que premian a quien se establece en áreas de bosque y realiza ahí actividades principalmente agropecuarias.  Muchas de estas políticas siguen vigentes y propician cada año la devastación de cientos de miles de hectáreas de bosques en Latinoamérica.  Hablamos de políticas de repartición de tierras, fomento a frentes de colonización, líneas de crédito, formalización de la tenencia de tierras invadidas y reforma agraria.  Hablamos de conceptos legales como el de mejora, según el cual quien elimina el bosque y establece pastos o cultivos agrícolas le está dando mayor valor a la tierra, mientras que la tierra con bosque se ha calificado como tierra ociosa o tierra inculta, es decir no productiva.

 

 

En muchos casos estos cambios de uso de la tierra se han dado incluso en sitios con suelos poco aptos para la agricultura, en sitios de recarga hídrica desde donde se abastece el cauce de ríos o nacientes, o en condiciones de pendiente que favorecen la erosión acelerada, la pérdida de fertilidad, la eventual formación de cárcavas o inestabilidad de sectores que puede generar deslizamientos o derrumbes.  En otras ocasiones, si bien se priorizó el dedicar sectores planos o fértiles para la actividad agropecuaria, la misma se ha caracterizado por la aplicación de prácticas insostenibles, como grandes extensiones de monocultivos, que impiden la funcionalidad adecuada de ecosistemas naturales remanentes; uso excesivo e inadecuado de insumos agropecuarios; alteración de la fertilidad, estructura y biología del suelo, entre otros.

 

La consideración del valor de los ecosistemas naturales que son sustituidos o alterados por actividades como las agropecuarias, o de las implicaciones que pueda tener su pérdida para otros ecosistemas circundantes, básicamente ha estado ausente en todos estos procesos de ocupación de tierras y extensión de las actividades humanas.

 

 

La minería, por su parte, no solo ha mostrado el potencial de provocar la eliminación de bosques y el deterioro de suelos y cuencas hidrográficas en el lugar donde se realiza, sino que suele generar una actividad económica que atrae migraciones y el desarrollo desordenado de polos de crecimiento urbano y la consecuente deforestación.  Con el paso del tiempo la actividad minera ha crecido en su escala, en la diversidad de minerales aprovechados, en el volumen y capacidad destructiva de los equipos utilizados, en el potencial contaminante de las sustancias empleadas.  Ya sea una minería artesanal, con participación de cientos o miles de personas, muchas veces sin control alguno de las autoridades, o una minería industrial de grandes empresas, que ocurre de forma a veces ilegal, a veces legal, pero no necesariamente con controles técnicos suficientes de su potencial impacto.

 

La actividad minera o la exploración y explotación petrolera, como prácticamente todas las actividades humanas, si bien generan necesariamente impactos ambientales, también pueden realizarse de una forma controlada y ordenada.  La capacidad y rigurosidad de las instituciones responsables, para verificar que estas actividades se realicen en el marco de los límites acordados y con planes y métodos adecuados para minimizar sus impactos, suele ser cuestionada por diversos grupos en cada país de la región, al mismo tiempo la presión por fomentar este tipo de explotaciones, dado su gran potencial para la generación de ganancias ya sea en beneficio del estado o de actores privados, es particularmente fuerte en algunos países.

 

Las actividades humanas mencionadas hasta aquí como principales motores de degradación, en particular relacionadas con áreas de bosques naturales, son aquellas que modifican drásticamente el ecosistema, las que generan el cambio de uso de la tierra, es decir, la deforestación.  Ahora bien, no toda deforestación es reconocida social, económica o políticamente como degradación, y no todo bosque que se mantiene en pie es un bosque libre de degradación, de esto hablamos más en la sección sobre identificación de la degradación.

 

Imagen sobre impactos de la minería en la Amazonía.  Tomado de El Informante Digital, 17 enero 2019. https://elinformatedigital.com/la-mineria-se-come-la-amazonia/

 

Es importante mencionar, que una condición que facilita enormemente las diversas formas de deforestación, degradación del bosque y de otros ecosistemas en Latinoamérica, es la falta de planificación y ordenamiento del uso de la tierra, así como el hecho de que buena parte de las leyes y normas que pretenden fomentar un ordenamiento territorial, están basadas en el supuesto de que los suelos más planos y fértiles deben ser dedicados a la agricultura o urbanización, sin consideraciones suficientes para la protección del recurso hídrico, sin consideración alguna sobre las posibilidades de una actividad forestal productiva sostenible, ni menos aún elementos para proteger ecosistemas ricos en biodiversidad, prioritarios para la conservación, o diseñar redes de conectividad que hagan más sostenibles a los ecosistemas naturales remanentes.

 

En la actualidad, se ha sumado cada vez con más fuerza, a las discusiones sobre las prácticas productivas que generan cambio de uso, que alteran de forma evidente los paisajes donde se realizan o que se practican de forma insostenible, la conciencia sobre los impactos indirectos de la contaminación; ya sea esta del aire, del agua, de los suelos o del ambiente en general.  Entonces hablamos de la degradación que implican las alteraciones a los ecosistemas por productos químicos y por desechos de diverso tipo, y de la necesidad de plantear opciones de restauración que tomen en cuenta estas situaciones.